No soy nada.

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
F. Pessoa

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viernes

Doce punto uno menos siete

Le gritan a mi hermana.
¡María!
¡María ya entra que está lloviendo & traes zapatos nuevos!


Pero María está debajo de la cama, sin ropa & con las trenzas hechas cabellos enredados; no en el patio & mucho menos bajo la lluvia. Se tapa los oídos con las palmas sucias de las manos & cerrados los ojos de búho que le regaló una de las abuelas que tuvimos, susurra números & cosas que ha perdido. Los labios fruncidos, intentando explotarlos a cada gota que revienta a lo largo de la banqueta. 

Siguen gritando.
¡María!
¡Hija de la fregada, si no entras ya no habrá pastel!


Pero a María se le ocurre que puede robarse una rebanada a media noche mientras mi madre ya está dormida & mientras nadie puede verla haciendo malabares sobre la mesa de la cocina, con la puerta del refri abierta. No sabe que la he visto, que tengo pesadillas constantemente & que para calmarme fumo afuera de la casa. Cierra los ojos. Los cierra con la misma fuerza con que mi madre hace nudos de girones de ropa vieja para colgarle a un disfráz para el festival de la escuela de mi hermana.

Aún gritan.
¡María!
¡¿& los zapatos?!


María tiró los zapatos a la basura junto con un par de cuadernos míos de pastas gruesas & además una colección de calcetas con figuritas de barcos. Teme que alguien la regañe & que la saquen al patio & que pueda caerle un rayo & que de tanta tos quede afónica.

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