La plaza de la ciudad da la bienvenida a la media noche. Cuando juzgo que el silencio debe asentarse sobre las aceras verdosas, un murmullo de gente me sorprende. Están dispuestos sobre las anchas escaleras de cantera, una vela por allí, otra mesa por acá, risas en saludos tersos chocan entre sí arrullándose en una espera que no entiendo. ¡Por fin! Las manos cruzadas, la ausencia de ruidos propios de trasnochados, el orden geométrico de las velas y los tapetes que cada uno lleva para no ensuciarse los pantalones, me lo confirma. Los extranjeros de la ciudad se están dando cita a media noche para una ceremonia de meditación. Excepto una mujer, todos son blancos, hasta las empleadas del café de la esquina que atienden con una sonrisa roja a los visitantes. La luna se levanta por encima de las torres de la iglesia. La espera no puede continuar, así lo indica el astro, así lo demuestra el rostro plateado de Jessica. Se dirige a todos y la escuchan sin moverse.
Ella me saluda como quien recuerda a un viejo amigo de su padre, con el que gustaba escribirse cartas y fumar habanos.
Ella me saluda como quien recuerda a un viejo amigo de su padre, con el que gustaba escribirse cartas y fumar habanos.
Mat
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los gatos dicen