A la entrada de la casa de Carlos dormía una perra vieja con la cola rota; se llamaba Canela.
Él la adoraba. Puedo jurar que a ninguna perra quiso tanto como a la Canela. Tiempo, bendito tiempo.
Mientras cocinaba -para él, para mí & Canela-, ponía un casete de Lightnin' Hopkins.
Puedo recordar, casi con el olor de los estofados & la guitarra de blues, la cara de felicidad de Canela mientras esperaba.
Carlos cocinando, cantaba & agregaba más agua & más fuego a la comida, yo andaba descalza limpiando sus lentes; recogiendo basuritas de las macetas &, a veces miraba a Canela que miraba a Carlos & luego Carlos miraba la calle. Bendito tiempo.
Después de comer Canela bostezaba, bostezaba Carlos & la casetera terminaba con rasgueos, gritos & algún reclamo por comer con las manos sucias.
Canela se iba a la puerta, lenta & delicadamente se echaba, mientras Carlos & yo masticábamos la veíamos acomodarse. Luego él, mirando con resignación mis manos, me decía al mismo tiempo que ese Hopkins:
"Hello, hello darling, baby, do you remember me?!"
"Hello, hello darling, baby, do you remember me?!"
& Canela volteaba a vernos, moviendo la cola rota. Bendito tiempo.
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